Desiderio Millanao, ex estudiante y profesional de la Universidad Austral de Chile, le impactó la agresión sufrida por la ministra Ximena Lincolao en un espacio que debiera ser, ante todo, un lugar de pensamiento, diálogo y respeto.
Desiderio aborda la importancia de las formas en que expresamos nuestras diferencias, especialmente en contextos de tensión social, poniendo énfasis en el valor del respeto, el diálogo y la protesta pacífica como herramientas legítimas y necesarias en una sociedad democrática.
Se trata de una reflexión personal, basada tanto en hechos recientes como en experiencias vividas durante su etapa universitaria, y busca contribuir a una conversación constructiva en tiempos donde el clima público tiende a la confrontación.
Legitimidad del descontento
Hace algunos días compartí una reflexión en redes sociales que, en su mayoría, fue bien recibida. Sin embargo, también generó miradas distintas: mientras muchas coincidían en considerarla necesaria, otras se alejaban de ese enfoque, valorando esta forma de protesta estudiantil como una expresión válida de resistencia frente a políticas que consideran injustas. Son esas diferencias, lejos de ser un obstáculo, las que invitan a una reflexión más profunda.
Y es precisamente ahí donde surge una pregunta que no podemos eludir: no si es legítimo manifestarse —porque lo es—, sino cómo lo hacemos. Porque en toda sociedad democrática el derecho a disentir es fundamental, pero las formas en que ese desacuerdo se expresa son las que finalmente definen su impacto.
La importancia de las formas
Como ex estudiante de la Universidad Austral de Chile, me impactó profundamente conocer la agresión sufrida por la ministra Ximena Lincolao en un espacio que debiera ser, ante todo, un lugar de pensamiento, diálogo y respeto. Una universidad no es solo un centro de formación académica; es también una escuela de convivencia democrática.
La historia ofrece ejemplos elocuentes de cómo el desacuerdo puede expresarse con dignidad y, al mismo tiempo, generar cambios profundos. El liderazgo de Mahatma Gandhi demostró que la resistencia pacífica puede movilizar a millones sin recurrir a la violencia. De igual forma, Martin Luther King Jr. encabezó un movimiento que transformó la sociedad apelando a la conciencia moral más que a la confrontación.
No se trata de idealizar la historia, sino de aprender de ella.
Aprendizajes que no debemos olvidar
Lo digo también desde la experiencia personal. En mis años universitarios, en tiempos complejos para el país, enfrentamos situaciones que exigían tomar posición. Junto a otros estudiantes, optamos primero por expresar nuestras ideas en un medio local. Esa acción motivó una respuesta de la autoridad, que consideramos injusta, y frente a la cual realizamos una ocupación pacífica en dependencias del obispado de Valdivia.
Esa acción, lejos de generar rechazo, fue sumando apoyo ciudadano. La comunidad comprendió que nuestra causa no estaba marcada por la violencia, sino por la convicción. Y fue precisamente esa forma —pacífica, firme y respetuosa— la que permitió abrir espacios de diálogo y evitar sanciones que ya estaban previstas.
Aquella experiencia dejó una enseñanza que hoy parece más vigente que nunca: la violencia no fortalece las causas justas, las debilita. Por el contrario, la creatividad, la inteligencia y la altura moral pueden transformar una demanda en un movimiento legítimo y convocante.
Vivimos tiempos donde la confrontación parece instalarse con demasiada facilidad. Por eso, se vuelve urgente recuperar el valor del respeto, del diálogo y de la expresión consciente del desacuerdo. No se trata de renunciar a las convicciones, sino de elevar la manera en que las defendemos.
Porque, al final, no solo importa aquello que defendemos, sino también cómo decidimos hacerlo.
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