Volviendo a la Recopilación Histórica de lo que la prensa nacional escribió sobre nuestra provincia de Arauco, hoy Rolando Matus nos muestra algo de Colcura, escrito en la Revista 'En Viaje' de Ferrocarriles del Estado, el año 1942, sobre a un hecho ocurrido en los años 1650-1654 en este sector de COLCURA (Colicura= piedra colorada), al norte de Laraquete, Comuna de Lota. Texto escrito por Aurelio Diaz Meza y publicado en febrero de 1942 en revista.
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LA CRUZ FLORIDA DE LAS DONCELLAS DE COLCURA Al amparo del fuerte de Colcura, situado en la pequeña serranía que separaba las belicosas reducciones araucanas de Lota y Laraquete, habíase guarecido una pequeña población española que prosperaba por los años de 1650, extrayendo de grandes hoyos o quebradas de la costra terrestre, las primeras capas de carbón mineral que fueron, después de un par de siglos, la fortuna de don Matías Cousiño. La guerra araucana, mediante las negociaciones de paz que habían culminado con los parlamentos de Quilín y de Boroa, podía, a juicio de los conquistadores, darse por terminada o por indefinidamente suspendida entre los ríos Itata y Valdivia, deslindes convencionales del Estado Araucano; solamente por la región del Río Bueno y del Pilmaiquén oíase decir de vez en cuando, que algunos indios belicosos celebraban juntas de guerra para preparar nuevas depredaciones, que por lo demás, preocupaban poco a los capitanes españoles, que ya se consideraban definitivamente triunfantes. Las ciudades de Chillan, Concepción, Angol, Imperial, Villarrica, Valdivia; los numerosos fuertes diseminados a través del territorio araucano y las ricas haciendas y encomiendas que habíase formado en aquellos fértiles campos llevaban tres o cuatro años de vida prospera y pacífica, dando bienestar y opulencia a sus poseedores. Grandes partidas de "comida", en forma de "charqui", cecina, vinos, miel, además de la jarcia, sebo, cera, azogue, plata y oro salían hacia el Perú, para regresar de allí convertidas en "pañete", cendales y bayetas para los trajes de hombre, y terciopelos, chamelotes, anafayas, melaninas, tisúes y de más géneros de lujo para las damas, amén de "tembleques", sortijas, zarcillos, "agujadores", caravanas y un "celemín" de objetos de oro, brillantes y piedras preciosas a las cuales eran terriblemente aficionadas nuestras venerables abuelas, y lo serán nuestras tataranietas... Uno de los industriales más próspero de los alrededores de Concepción, ciudad que iba teniendo casi más importancia que Santiago, —ya he dicho que más de un Gobernador pensó seriamente en convertirla en capital del Reino—, era el extremeño don Pablo Ramírez de Cáceres, vecino y casi dueño del pueblo minero del Colcura; sus crianzas de ganado, sus vastos sembrados de trigo y de "frísoles" y especialmente la explotación, aunque rudimentaria, de los yacimientos de carbón que encontrara en las faldas y quebradas que circundan la bahía de Arauco, le habían proporcionado un bienestar que era una promesa de opulenta fortuna. Dos chiquillas de quince y dieciséis primaveras, —dos botoncitos de rosa—, alegraban su ho-gar enlutado por la viudez; una "dueña" cincuentona, ex novicia del convento de las Agustinas que había tenido que abandonar el claustro por falta de dote, cuidaba de esas criaturas desde que les faltara su madre, una señora Rioseco, natural de Concepción, y un capellán, el Bachiller don Juan Ornes de Saa, dirigía sus pasos por el sendero de la virtud y les "mostraba leer". Todo era placidez y encantamiento alrededor de don Pablo Ramírez de Cáceres y de sus bellas hijas allá por los años de 1653 y 54; y para que la dicha fuera completa un par de bizarros capitanes empezaron a arrastrar sus capas coloradas y a lucir su apostura frente a la reja de las dos criollas. Pero cierto día, al atardecer, ambos galanes encontraron junto a la reja de sus amadas a un indio que llevaba alrededor de su cabeza el "trarilonco" de los últimos menes; era un mocetón alto y membrudo que se afanaba, en esos momentos, en adornar los toscos hierros de la reja con un enorme ramo de copihues... Detuviéronse sorprendidos los capitanes al ver al indio ante la ventana; pero el mocetón ni siquiera se dignó mirarlos y una vez que terminó su tarea, recogió su "manta", la terció gallardamente sobre su busto desnudo y fuese, con paso firme, haciendo temblar, a cada tranco, la esbelta, larga y pintada pluma, que adornaba su frente de indio noble. Por primera vez en sus cien años de vida revolucionaria y conspiradora, los hijos del Arauco rebelde iban a obedecer al unísono una voz de orden. La guerra de los indios chilenos se caracterizaba por el desorden con que sus jefes emprendían el ataque y por la ausencia de un plan de operaciones que aunara los sorprendentes esfuerzos que ese admirable pueblo hacía por conservar su libertad. Cada ulmen, cada toqui, cada cacique o jefe de familia obraba a su propia voluntad contra el enemigo común, sin que hubiera entre ellos más acuerdo que el momentáneo para entrar en una batalla. Terminada la acción, vencedores o vencidos, cada jefe tomaba un camino diferente sin preocuparse de cimentar la victoria o de reparar la derrota; este fué el secreto y la causa de que la guerra de Arauco durara tres siglos. Lautaro, Colocolo, Caupolicán, Ainavillo, Pelantaro fueron generales que lograron unir las fuerzas de Arauco y las obligaron a obedecer sus órdenes; por eso obtuvieron grandes y trascendentes triunfos; pero al morir esos caudillos, casi siempre en el campo de batalla, se rompía inevitablemente el lazo de unión y faltaba el jefe que tuviera las condiciones para reemplazarlos inmediatamente en el mando de la horda desenfrenada o presa de pánico. Las "paces" de Quillin y de Boroa recién celebradas con los españoles, fueron la resultante de la derrota de los toquis Quempuantu, Curanteo y Curumilla, muerto el último en el campo de batalla después de haber infligido una seria derrota al ejército español. Desorientados los araucanos con tales desgracias retiráronse a sus campos y aceptaron de hecho la paz que se les ofrecía; no tenían caudillo y necesitaban, ante todo, ponerse a cubierto del hambre. Las tribus belicosas fueron arrojadas al sur del Río Bueno. Pero en las serranías de Colcura, a pocas leguas de- Concepción, surgió un nuevo caudillo; era un mozo de veinte años llamado Clentaru, que servía en la mina del rico mercader don Pablo Ramírez, como capataz de los indios carboneros Este era el mocetón que, junto con estar organizando en connivencia con el bravo, tesonero y rencoroso caudillo de Río Bueno, Butapichón, el más grande alzamiento que iba a presenciar el reino, recogía manojos de copihues para adornar la reja de las dos bellezas criollas que habían conquistado su corazón. La noche del 14 de febrero de 1655, fué la "noche triste" de los conquistadores de Chile. A medianoche, al esconderse la luna por el horizonte, todas las ciudades, todos los fuertes, todas las haciendas, todas las faenas agrícolas y mineras de la región comprendida entre los ríos Itata y Río Bueno fueron asaltadas súbitamente por los indios que estaban dentro de sus recintos en calidad de servidumbre, apresando a sus moradores, matando a los que resistían y prendiendo fuego a las casas. Enormes masas de indios bajaron en seguida de las montañas y serranías armadas en guerra, para apoyar la acción de los rebelados y arrastrar tras sí a centenares de prisioneros, de preferencia mujeres y cuanto elemento creían útil. Clentaru habla organizado el asalto de tal manera que las fuerzas españolas se encontraron en la imposibilidad de prestar el menor auxilio a las poblaciones aterradas e inermes; el ejército español, compuesto de mil quinientos soldados, perfectamente armados, se encontraba en las riberas del río Bueno, a más de cincuenta leguas del teatro de los sucesos; otras fuerzas diseminadas en el territorio amagado fueron copadas por las huestes indígenas y reducidas a la inacción. Las tropas de Clentaru habían, triunfado en las serranías de Colcura; pero su caudillo, además de la dirección del movimiento rebelde, tuvo otras actividades importantísimas que desempeñar esa noche y éstas fueron poner a salvo la vida y las personas de aquellas dos beldades que se habían adueñado de sus pensamientos, y que tal vez fueron las que estimularon sus deseos de ser grande y poderoso. Pronunciada la revuelta dentro del fuerte de Colcura, Clentaru con los suyos rodeó la casa de don Pablo Ramírez de Cáceres, penetró en ella, se apoderó de todos los habitantes y los hizo transportar a su guarida, situada en las impenetrables serranías de Carampangue. Una vez en su "ruca" el afortunado vencedor, en presencia del angustiado padre, de la amedrentada "dueña" y del infeliz clérigo don Juan Omes de Saa, declaró solemnemente que tomaba por mujeres suyas a las dos atribuladas doncellas... —"¿Cómo podrá ser eso, contra la voluntad de ellas, señor?", se atrevió a decir don Pablo, sobrecogido de espanto. "Volvió el rostro, con majestad increíble el indio, y díjole "al consternado padre que ello sería solamente con la voluntad " de las doncellas, y tomándolas con respeto a cada una por " las manos las llevó a su aposento". Inútiles fueron los ruegos, las lágrimas, las imprecaciones, la desesperación de aquel padre infeliz ante la terrible resolución del caudillo araucano; las cautivas fueron alejadas de toda comunicación con los suyos, y éstos llevados a un sitio apartado, juntos con otros prisioneros, donde tuvieron que soportar una larga vida de sufrimientos y de trabajos. Pasaron hasta tres meses. Una mañana el caudillo indígena llegó al campamento donde trabajaba el padre de las doncellas de Colcura; su aspecto era el de un hombre anonadado por tremenda desgracia; sus ojos enrojecidos, caídos sus membrudos hombros, inclinada sobre el pecho su coronada testa de ulmen, flácidos los pómulos, se desplomó de rodillas ante don Pablo Ramírez de Cáceres. ¡Tus hijas han muerto! murmuró roncamente. El misionero de Colcura, don Juan Ornes de Saa, después de un año de cautiverio escribía al Padre Rosales una carta en la que leo el siguiente párrafo: "Y sucedió el caso milagroso de " que habiendo dado sepultura "don Pablo Ramírez de Cáceres " a dos hijas suyas doncellas, que " los trabajos y padecimientos del "cautiverio habían muerto, puso " en su sepultura una cruz que hizo con dos palos y a los pocos "días brotaron hermosísimos pimpollos por los tres remates de la "santa cruz, haciéndose un coposo "árbol que hoy se muestra maravillosamente. Y esta cruz la "he visto yo por mis ojos". La cruz florida de las Doncellas de Colcura perduró hasta principios del siglo XVIII; a su lado se había construido, en 1666, una capilla para doctrinar a los indios y poco después, el Gobernador don Ángel de Peredo fundó en ese mismo sitio la Villa y Fuerte de San Miguel Arcángel. (A.D.M)
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